
Pues sí, un año más, se acerca el fatídico Febrero (aunque para mí tiene una cosa buena: los Carnavales), y, como siempre, aquí anda una hincando los codos... el caso es que, después de la ración de apuntes de hoy ( N/A: es que esta chorradilla se me ocurrió anoche, pero se hizo muy tarde y no lo publiqué), pues me han entrao ganas de escribir, precisamente, sobre eso: ese caos de páginas sin enumerar, tachones y renglones torcidos que yo llamo "mis apuntes", y que sólo yo soy capaz de llamarlos de esa manera (los demás utilizarían calificativos más fuertes XD).
Coger apuntes es el objetivo principal de todo estudiante que se precie: llegas a clase a las ocho de la mañana, sueltas el chaquetón, la clasificadora, el bolso, coges papel y boli y esperas expectante a que la primera palabra salga de la boca del profesor para reproducirla fielmente en tus folios, aunque todavía tengas un pie en la Universidad y el otro en la cama... porque esa es una de las ventajas de coger apuntes: no hace falta estar despierto del todo (de hecho, si alguna vez veis a alguien cogiendo apuntes y roncando al mismo tiempo, soy yo no os extrañéis...); basta con estarlo lo suficiente como para ser capaz de reproducir con fidelidad cada palabra del profesor, cada dato, cada inciso, cada fecha, cada pausa para respirar... porque en los apuntes se copia todo... así luego cuando vas a estudiar te encuentras lo que te encuentras.
He aquí un recorrido por el fascinante mundo de los apuntes, los elementos que no deben faltar en todo taco de apuntes que se precie... todo cuanto vais a ver, por espeluznante que parezca, está basado en hechos reales (concretamente, en mis propios apuntes):
-Los márgenes.
Hay que distinguir entre dos tipos de estudiantes: los que dejan tanto margen que sólo les caben dos palabras por renglón y cuatro renglones por folio, y los que son más de "aprovechar el papel". Yo soy de estos últimos. No me preguntéis por qué, pero en 21 años de escolarización no he conseguido empezar una sola vez a escribir dejando el margen... lo que significa que si haces una fotocopia de mis apuntes, probablemente te faltarán la primera y la última palabra de cada renglón, así como el primer y último renglón de cada página. Bueno, sólo hay una ocasión en que dejo márgenes... cuando es imprescindible: en los exámenes, o cuando se trata de una clase aburrida, porque en una clase aburrida, por muy buen estudiante que seas, sabes que tarde o temprano te acometerá esa desesperante e incontrolable necesidad de dibujar una casita con una "X" dentro sin levantar el lápiz del papel que a todos los estudiantes nos ha acometido alguna vez... y claro, si no tienes márgenes en los apuntes tienes que hacer el dibujo de la casita en la mesa, y todo el mundo sabe que pintar en la mesa es una falta de educación y de respeto, sobre todo a ese compañero que luego se va a sentar en esa mesa a la hora del examen y no va a tener sitio para hacerse la chuleta. No quieras cargar en tu consciencia el peso del suspenso ajeno.
De todos modos, en los apuntes los márgenes no son imprescindibles: afortunadamente para los demás, tus apunte sólo los sufres tú... otra cosa son los exámenes. Hay profesores que por no dejar margen te suspenden. A mí en este caso me suele pasar que, a mitad del examen, de pronto se dispara una alarma en mi cabeza y me doy cuenta de que he escrito medio folio sin dejar margen... en ese momento hay dos opciones: o vuelves a copiarlo todo en un nuevo papel, o sigues ya sin margen hasta el final, pero como para lo primero no hay tiempo y lo segundo entraña un importante riesgo de suspenso, yo opto por una solución intermedia: el "margen extensible", es decir, un margen que comienza a desplegarse lentamente a partir de la mitad de la página... así, como quien no quiere la cosa, ese renglón lo separas un poco del borde del folio, el siguiente lo separas un poco más, el siguiente un poco más... hasta que te das cuenta de que, si sigues separándolos, llegará un momento en que empezarás la frase en tu folio y la acabarás en la del compañero de al lado. Ahí ya paras y contemplas tu obra de arte: con un margen estrecho (quien dice “estrecho” dice “inexistente”) por arriba y amplio por abajo, que parece la raja de un vestido de Ana Obregón, con las letras de las últimas frases apretujadas contra el otro lado del folio (porque ya es mucho pedir que deje también el margen en el otro lado)... en ese momento rezo porque el profesor no sea de los que dan mucha importancia a eso de la presentación.
-La letra y los renglones:
Rectitud y buena letra: dos cosas en las que soy brillante... porque en mis apuntes ambas brillan por su ausencia. No puedes pedirle a una persona que tiene la costumbre de escribir con el papel torcido (en mi otra vida debí ser contorsionista), que escriba en renglones rectos y pulcros; puede que el primer renglón, o el segundo, te queden más o menos derechos.... cuando eso pasa, te tomas un momento para despegar la nariz del folio y contemplar de lejos tu creación... y sabes que tienes que guardar bien esa imagen en tu cabeza, porque seguramente no durará mucho.
Efectivamente, diez minutos más tarde, tu habilidad y, sobre todo, tu paciencia para escribir derecho han desaparecido, y ahora en vez de escribir parece que estés haciéndole al folio la raya del zig-zag... pero generalmente no te importa demasiado, porque este momento suele coincidir con ese en que el profesor se da cuenta de que se ha detenido demasiado en los detalles durante los tres primeros cuartos de hora, y ahora tiene que condensar la otra mitad de la lección en los 15 minutos restantes de clase, por lo que empieza a hablar a una velocidad que no sabes si estás en clase o en Pasapalabra... y esto no sólo afecta a la rectitud de los renglones (aunque tú, preocupada en escribir cada palabra a la misma velocidad con que el profesor las produce, no te das cuenta de ello), sino también al aspecto de la letra. Esa letra que, al principio, te has preocupado por hacer bella, bonita, elegante... una letra de la que se enorgullecerán tus nietos cuando les muestres los apuntes de tus años de estudiante... pero a medida que el profesor va corriendo, la muñeca se va cansando, el boli se va resbalando, los dedos se van anudando unos con otros, y tu preciosa letra del principio se va convirtiendo en una especie de jeroglífico mutante, un ser monstruoso con vida propia que poblará tus peores pesadillas y que sabes que, dentro de dos o tres meses, cuando lleguen los tres días antes del examen llegue el momento de estudiar, tardarás horas en descifrar... y lo peor de todo: no siempre se consigue, palabra de estudiante con mala letra.
-Los tachones:
Con los tachones tengo una relación amor-odio. Odio, porque no hay en el mundo unos apuntes con más tachones que los de la que escribe (y esto que escribo no tiene tachones porque puedo borrar, que si no...), y amor porque, después de tanto tiempo conviviendo con ellos, una acaba considerándolos algo así como una seña de identidad. Cuando yo hago un tachón, parece que ha pasado un coche por encima del papel. Es así, por alguna extraña razón, nunca consigo hacer un tachón que, por lo menos, no sea visible desde diez metros de distancia.
Sustituto del tachón tradicional es el Tippex. El Tippex puede ser de tres maneras: en cinta, en boli o el típico bote con la brochita. Los tres tienen una cosa en común: no están hechos para usarlos en los apuntes. Empiezas a apretarle al boli y cuando has conseguido que salga la primera gota de tippex el profesor ya va explicando un tema nuevo. Eso por no hablar de lo que tarda en secarse el de la brochita... aunque claro, igual también es culpa nuestra por echarle esa cantidad de tippex, que parece que estamos encalando la fachada. Yo he llegado en entregar auténticos exámenes de papel encolado... puestos a elegir, creo que me quedo con los tachones, que son más feos, pero por lo menos no huelen tan peligrosamente bien...
-El texto:
Y llegamos por fin a la parte esencial: el texto, el apunte en sí... y al empezar a leerlos es cuando empezamos a pagar las consecuencias de haber ido copiando, casi literalmente, las palabras del profesor. Extraídas de mis apuntes, podemos ver cosas como éstas:
-Los ya mencionados tachones: Este arquitecto neoclásico diseñó el museo del Prado. Ncdsohvnoisvhoihovhvivvivjhorihgrjiojijrijririjjierjirejeje Su arquitectura ngdtan es muy fría y cnduvnui carece del aire romántico de otros contemporáneos chihsy...
-Paréntesis innecesarios: Ésta escultura se encuentra en una posición muy forzada, tanto es así que, si bajara el brazo donde se sujeta la túnica, se le caería ( se le caería la túnica, no el brazo)...
-Faltas de ortografía dolorosas de mirar: Los hojos de las esculturas egipcias están hechos con distintos materiales...(consecuencia de ir corriendo, o eso espero)...
-Aclaraciones: Es muy importante saber distinguir entre el “estilo Isabel”, que es de la época de Isabel II, y el “estilo Isabelino”, que es el de la época de Isabel II... (con aclaraciones así, ¿quién necesita confusiones?)
-Información extra: (Este edificio es, en su opinión (del profesor) uno de los más feos que se han construido en esta etapa). Bueno, una nunca sabe dónde se esconde esa frase clave que puede ser la diferencia entre aprobar o suspender.
Para terminar, una última característica a destacar de los apuntes es que son muy de su padre y de su madre... vamos, que cada uno entiende los suyos.
Que te presten unos apuntes es como que te presten la ropa interior: intentas por todos los medios no tener que necesitarlo, pero, si no hay otro remedio, cruzas los dedos para que los que te presten estén limpitos: que no tengan letra ininteligible, ni tachones, ni frases extrañas... vamos, que sean todo lo contrario de los tuyos (de los apuntes, digo). Pero es que el mundo de los apuntes es así de egoísta: si los tachones son tuyos, no te importa, pero si son de otro, ya te molestan... y sí, hay a quién también le pasa con la ropa interior.
Astartet.
Pd: (El Rugido) puedes seguir hablando de este tema AQUÍ.
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